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Cuando la maternidad te da alas

en vez de quitártelas

Una vez oí decir a alguien que cuando das a luz es como si volvieras a nacer tú también.

Recuerdo que a la vuelta de mi puerperio, que duró aproximadamente unos dos años, le comenté a una amiga que me sentía como si me hubiera ido a otro planeta y acabara de volver a la tierra.

Nunca he vivido fuera de la ciudad donde nací por un periodo largo de tiempo, o sí, quizás ese viaje que hice fue lo más parecido a lo que siente una persona que se va dos años a vivir fuera de su cultura y vuelve.

Los viajes tienen ese poder de enseñarte otras maneras de ver las cosas, otras caras de ti mismo que en tu entorno habitual no salen a la luz, te hacen tomar distancia y resiturarte en el mundo.

Bueno, todo eso es lo que experimenté durante mi puerperio. Pero a lo bestia. ¿Te imaginas ir a un retiro de silencio durante casi un año? Puede que te parezca exagerado, sobre todo si no has experimentado un retiro de meditación o no has convivido con un bebé. Pero los primeros meses de tu vida como madre se parecen mucho a lo que experimentas cuando meditas en silencio durante tiempo.

Pasas mucho tiempo sola, es una soledad en compañía, curiosamente estás más acompañada que nunca, pero hay silencios. Estás con un ser maravilloso que todavía es un apéndice de tu cuerpo, sus emociones y las tuyas se entremezclan, su mundo y el tuyo son uno. Por eso digo que es una compañía solitaria, estás más contigo misma de lo que nunca has estado.

Y estás poniendo a prueba tu capacidad de dar. Tus recuerdos emocionales afloran, te sientes vulnerable, niña otra vez, te gustaría que alguien viniera y se ocupara de ti y de él, que sois uno mismo al fin y al cabo.

Y aunque tengas la suerte de que alguien venga, sigues notando esa soledad.

No recuerdo el punto de inflexión, pero llegó el día en el que empecé a dejar de luchar contra todo eso.

Os aseguro que me costó mucho esfuerzo, estaba muy acostumbrada a controlar todo en mi vida y había programado mi vuelta al trabajo y todo lo que iba a pasar.

Fue entonces cuando empezaron a crecer mis alas.

Conectarme con otras madres recientes fue clave para mi, empecé a asistir a las reuniones de La Liga de la Leche de mi centro de salud, no porque tuviera ningún problema de lactancia. Si no porque mi cuerpo me pedía tribu. Necesitaba expresar cómo me sentía, sacar mi miedo en un entorno seguro. 

Pronto esperar un mes a la siguiente sesión se me hacía eterno, y escuchaba a otras mamás expresar lo mismo. Así que les propuse venir a casa los lunes, les preparaba una infusión y ellas traían algo para comer, charlábamos, nos reíamos de nosotras mismas, llorábamos y nos ibamos a casa más seguras y habiendo soltado algo de peso.

También acudí a terapia, revisar qué aspectos de cómo había sido mi relación con mis padres me estaban aflorando y afectando a día de hoy se volvió algo que no podía postergar más.

Ahora habiendo tomado distacia veo como este viaje a otro planeta fue sin duda un viaje de autoexploración y autoconocimiento.

Y llegó el momento de querer volver al mundo, porque llega. 

Volver desde ahí es duro. Has cambiado, has aprendido muchas cosas, te has hecho más sabia y los códigos que antes descifrabas con facilidad ahora te suenan a chino. Has vuelto conectada con el mundo emocional, el tuyo y el de los demás.

Y como un meteorito incandescente caes en la superficie de una tierra fría . Donde lo racional reina y lo emocional se esconde.

Pero tienes tantas ganas de volver, has dado tanto y te han vuelto tantas ganas de recibir, de disfrutar de los placeres adultos que sacas fuerzas y te adaptas, vaya si te adaptas!

Y va pasando el tiempo y vuelves a sentir confianza en el lenguaje de los terrícolas y en ese estado empiezas a sentir dentro de ti una fuerza extraordinaria que fuiste creando sin tener conciencia mientras estabas al otro lado.

Esa fuerza que te hizo plantarte antes las exigencias familiares y decir: esta es mi familia, ahora dedido yo.

Que te hizo ser capaz de vincularte amorosamente con tu hijo/a a pesar de los comentarios y las críticas que escuchaste. 

Que te hizo superar los momentos duros de enfermedades y miedos.

Esa fuerza que te ayudó a encontrar de nuevo el camino hacia la mujer que eres, encontrando maneras de volver a sentirte guapa, deseada, sexual.

Toda esa fuerza que veo en tantas y tantas mujeres, que a veces aparece oculta detrás del cansancio devastador que supone ser madre y trabajar fuera de casa también en una sociedad que lo invisibiliza.

A mí esa fuerza me llevó a volver a estudiar, a convertirme en Coach y así poder acompañar con mi experiencia caminos hacia el autodescubrimiento, la autoestima y la autoconfianza.

Y tú, ¿Sabes a dónde te llevará este viaje?

Cuéntame tu experiencia, ¿te has sentido diferente cuando has vuelto a la tierra? ¿Has comenzado o tienes en mente algún proyecto tras tu maternidad?

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